¿Qué opinan los expertos?

Montse Lapastora

Psicóloga Clínica. Clinico y Consultora EMDR, Colegiado M-072424

Esta situación en la que estamos de confinamiento, nos afecta a todos de una manera u otra, pero quería hacer una reflexión sobre cómo puede hacerlo en los niños que, por sus circunstancias de nacimiento, ya han vivido una situación de aislamiento, más que de confinamiento, acompañada con experiencias que han generado trauma temprano, como es el abandono, la estancia en un orfanato y otros tipos de maltrato.

Quiero empezar explicando que en una situación en la que un bebé siente que sus necesidades básicas no son cubiertas, instalará en su cerebro, en su memoria implícita un estado permanente de alarma, que tendrá efectos a medio y largo plazo. Esta memoria implícita empieza a desarrollarse dentro del útero y permanece activa toda la vida, aunque los dos primeros años son los más relevantes.

En función de las experiencias del bebé que queden registradas en esa memoria, desarrollará un tipo de apego u otro. En esta falta de satisfacción de las citadas necesidades básicas (comida, consuelo, abrigo, afecto, etc.) el bebé crecerá instalando en su sistema de apego la desconfianza en el otro, esto es algo que queda grabado en su sistema relacional, y por eso les cuesta tanto después confiar y vincular con los demás. Esta desconfianza de base hará que unos niños se comporten de forma muy ansiosa, es decir necesitando la confirmación de que les quieren continuamente, teniendo dificultades en la separación de los padres, o por el contrario, mostrándose como niños muy suficientes y autónomos, como si no necesitaran el cariño y la ayuda de los demás. Si sus figuras de apego primarias fueron muy inestables o sufrieron varios tipos de maltrato, su apego será desorganizado, es decir, no habrá un patrón de conductas. (Pero no voy a profundizar en esto, porque no es el objetivo de este artículo).

En este estado de confinamiento los niños se pueden ver afectados por:

Por un lado, pueden revivir implícitamente la situación de malestar de cuando estuvieron solos y esto les puede activar emocionalmente, pero precisamente en este estado, se va a producir esa situación externa en la que sí hay seguridad, estar encerrado en casa es como estar en un “segundo útero” en donde ahora si siente que están sus padres para él/ella. Ese estado de alarma puede ir calmándose, sintiendo que ahora es diferente, que ahora tiene comida, no pasa frío ni calor, su sueño es velado por sus padres, en definitiva, está viviendo experiencias de seguridad que también quedarán instaladas en su cerebro, con la consiguiente oportunidad de fortalecer el vínculo emocional con sus padres.

Para los niños la percepción del tiempo es muy diferente y para ellos estos dos meses, son un periodo alargado en que esta nueva vivencia de seguridad se pueda instaurar en sus mentes.

Por otro lado, la realidad es que la mayoría de los padres se están dedicando a sus hijos el mayor tiempo del día, haciendo actividades con ellos que antes no podían, como jugar, manualidades, ver películas juntos y comentarlas, cocinar, etc. En todo esto el niño se ve auténticamente “mirado” por ellos, mirada que también fortalece el vínculo.

Con los adolescentes, aunque es más difícil, porque por su etapa evolutiva es más complicada, también puede intentarse reforzar este vínculo intentando jugar con ellos, buscar alguna actividad común. Aunque no quieran hacerlo verán que sus padres siguen ahí, estando presentes y acompañándoles en esta difícil situación. Algunos se han escapado de casa y han vuelto traídos por la policía. Esto, aunque protesten y renieguen de las figuras de autoridad, les transmite el mensaje de que también afuera son cuidados y protegidos.

Aprovechemos este periodo de confinamiento, para fortalecer ese vínculo emocional entre padres e hijos.