¿QUE OPINA LOS EXPERTOS?

Moisés Jiménez Álvarez

Psicólogo. Psicoterapeuta, Colegiado M-28664

Ya casi vemos el final de este encierro, todas las miradas y pensamientos están conectadas con la idea de salir fuera, retomar nuestra vida como era antes, volver a la rutina, recuperar las relaciones, la actividad laboral, el ocio, etc. Pero puede que en muchos casos la rutina no sea tan fácil de recuperar y experimentemos muchas de las consecuencias de este proceso de encierro, secuelas tanto sociales como psicológicas.

Todos hemos cambiado con este proceso, nos hemos vistos obligados a una adaptación muy rápida, aprender hacer las cosas de otro modo o incluso a renunciar poder hacer cosas rutinarias para nuestra vida.  Algunos  han podido sentirse exitosos porque han descubiertos capacidades que no pensaban que tenían, o no pensaban que podrían llegar a hacer. Han desarrollado una creatividad para adaptarse, para hacer más llevadero su día a día, el de los más pequeños y otros seres queridos.

Otros pueden que hayan incluso sentido la pérdida. Pueden que hayan perdido a  un ser querido víctima de la pandemia, puede que una relación, puede que un empleo, o el proyecto de sus vidas, algunos  puede que hayan perdido la confianza, las ganas y  la esperanza en sí mismos y en los que le rodean.

Aunque estamos hablando de una situación traumática generalizada, las consecuencias no serán igual para todos, una vez más, estas van a depender de nuestras experiencias previas.  El impacto de un hecho traumático no será igual si es la primera vez, que si lo has vivido anteriormente.

La pérdida y el aislamiento afectivo pueden recordarnos experiencias previas, volver a activar nuestro mecanismo de defensa, la sensación de volver a estar en peligro, incluso si el riesgo no está relacionado y volvemos a experimentar lo que denominamos síntomas de estrés postraumático.

La intensidad de estas reacciones puede ser tan elevada hasta llegar al punto de sentir  indefensión, la sensación de  que nada de lo que haga tendrá sentido, o nada de lo que he hecho tiene valor o significado, es más, incluso la sensación de no poder hacer nada para mejorar o cambiar mi vida.  Volvemos a perder la sensación interna de seguridad.

Mientras que muchas personas están conectadas con la experiencia presente y para ellos esta situación se integrará en sus historias con naturalidad, para otros  (adultos y jóvenes) puede que no sea tan sencillo y sientan que  nada tiene sentido en sus vidas.  Quizás se pregunten ¿para qué ha servido todo el esfuerzo anterior?, ¿Para qué sirvió todo lo que hice?, o bien ante las perdidas, ¿por qué me golpea una vez más la vida?  Aunque estos cuestionamientos y reacciones de duelo son universales en todos, incluso en adultos y pequeños, este proceso en preadolescentes y adolescentes  puede llegar a ser invisible.

Los jóvenes, debido a  sus características evolutivas se pueden mostrar más reservados, con menos ganas de compartir con la familia, en ocasiones irritables, desafían el mundo y autoridad adulta, tienen  un pensamiento de ser únicos, que todo les pasa a ellos, por lo que la sensación de pérdida o vacío existencial se puede camuflar con este comportamiento, y ese estado emocional puede pasar inadvertido.

Su instinto primario les dice que es la hora de salir del nido, hay que explorar el mundo y hacerlo suyo, pero para explorar deben sentirse seguros. Es importante tener la sensación interna de seguridad, que pueden confiar, que pueden volver al nido, a la base de seguridad y compartir el fruto de su exploración sin ser juzgados.

Estas conductas pesimistas pueden asustarnos o irritarnos mucho, nos preocupa ver los chicos a veces con esa actitud derrotista y negativa, fruto de su experiencia interna que se pone en juego con el contexto actual de miedo, preocupación, incertidumbre. Ante nuestro molestar queremos sacarlos de ese estado, queremos que cambien de actitud, que piensen en positivo, y en ocasiones tratamos de convencerlos de que lo que sienten no es real, no es para tanto. Ellos en respuesta, se siente poco comprendidos, se enfadan, se encierran aún más y se aíslan.

Si además la relación familiar, antes del encierro, no era demasiado buena, puede que la capacidad de confiar en el adulto se vea afectada. El distanciamiento de sus figuras de apego y la falta de confianza pueden generar el bloqueo de cuidados, por ambas partes. Esto significa que el joven no está dispuesto a tolerar la proximidad de sus cuidadores y se puede mostrar más hostil. Por otro lado los padres al ver la reacción del menor, se sienten dañados, no queridos y se retiran también enfadados, cuya dinámica  refuerza la idea de los chicos con respecto a sus padres.

La adolescencia es un periodo de rebelión, es el momento de cuestionar los valores familiares aportados hasta ahora, pero eso no significa que no necesite a sus figuras de referencia, a sus padres. Estos ahora ocupan otro lugar.

La adolescencia es sinónimo de explorar, una parte de ellos les dice “sal al mundo, busca nuevos referentes, cuestiona lo que has aprendido”,  buscar los orígenes y entender cuáles son las reglas de funcionamiento entre los iguales. También se lleva a cabo una gran expansión de la identidad personal, por eso buscan y buscan constantemente referentes.

¿Y ahora qué?. ¿Esto va ser así para siempre?.  Es cierto que no hay soluciones mágicas y universales para todos, pero un buen comienzo podría ser aceptar o validar lo que siente cada uno, tanto los padres como los hijos. En primer lugar ser conscientes de que ver a mi hijo en ese estado me inquieta, quizás me ponga irritable, me preocupa y me da miedo que tire por la borda su vida. Un comienzo es tolerar que sentimos una amplia variedad de emociones a consecuencia de la actitud del menor y de la situación que estamos viviendo. Esto facilita enfrentarme a la situación y  es un proceso más amable que luchar para evitar que deje de comportarse así, para que yo deje de preocuparme. Además me pone en conexión que al igual que yo, mi hijo puede sentir algo parecido.

En segundo lugar normalizar.  Esta situación nos afecta a todos. Todos sentimos incertidumbre acerca de lo qué sucederá, quizás tema por mi trabajo, o por las medidas de la nueva normalidad o por no volver a ver a los compañeros en un período de tiempo más largo. Cada uno puede estar preocupado por algo similar.

En tercer lugar traducir. La comunicación es importante y se debe seguir manteniendo aunque el chico sea mayor. El joven lo sigue necesitando, pero será en ocasiones de una forma más indirecta que cuando era más pequeño. ¿Qué implica traducir?. Poner etiquetas a lo que sentimos en cada momento para poder comunicarlo y expresarlo. También es importante hacer lo mismo ante lo que observamos de nuestro hijo, esto no significa que siempre sea una verdad absoluta, pero ayuda que alguien a quien le importas identifica lo que estás sintiendo y pueda expresarlo en voz alta o te ayude con ello. Es muy probable que un adolescente niegue esa identificación, pero le llegará el mensaje, – mis padres se dan cuenta de lo que me ocurre -.

Nuestra postura debe ser de curiosidad, trata de entender qué siente el chico, por qué todo lo ve de ese modo. ¿Está situación ha despertado en él miedo o quizás ha conectado con una experiencia previa de inseguridad? Sea lo que sea, es necesaria la mirada incondicional de alguien más fuerte para tolerar mi estado de ánimo, más inteligente para entender e interpretar mi emoción y más amable para ofrecerme consuelo.

En cuarto lugar tiempo. Todo esto serviría de poco si no dedicamos tiempo para escuchar, para conectar, para establecer ese diálogo. Estos acercamientos deben ser repetidos en el tiempo, el mensaje debe ir calando poco a poco.  El cambio no se va a producir en un instante, el cuidado de una relación requiere dedicación y tiempo. Aunque veamos que el chico no responde debemos seguir llamando a su puerta, aunque esa vez no haya servido de nada.

En quinto lugar reparar. No estamos disponibles todo el tiempo, no somos perfectos, nos equivocamos, interpretamos desde nuestra perspectiva y eso implica que en ocasiones nuestra traducción va ser imprecisa. Por esto cuando la sintonía se rompa, cuando una diferencia de opinión nos separe, es importante reparar la relación. Aceptar que nos equivocamos enseña que  en la relación lo importante es el afecto, no el poder,  y cuando una figura de autoridad pide disculpas expresa la intencionalidad de conectar  y que entendemos el daño que ha podido sentir la otra persona. Esto se relaciona con la empatía y con el tiempo, y a base de repetir, entenderán el valor de la relación e intentarán reparar ellos también.  En toda relación hay diferentes posturas y discutir no tiene que ser negativo siempre que no se haga un daño intencional en esa discusión. También aceptar que no siempre estamos con el mejor humor, nos ocurren cosas ajenas a nuestra relación familiar, pero al ser más fuerte y más amable me puedo hacer cargo de mi emoción y mis errores y reparar la relación.

Por último cuidado personal. Que fácil suena esto ¿Verdad? Nadie es infalible, a todos nos afectan  muchas cosas, por eso para mantener una relación sana es importante nuestro propio cuidado. Hacerme cargo de mis necesidades y buscar soluciones a estas. Esto implica disponer de una red de apoyo, una red donde podamos protestar acerca de las cosas que no me gustan, compartir ideas, miedos y preocupaciones, airear, compartir en relación y pedir ayuda. No se trata de ser perfectos e infalibles, sino mantener la sintonía afectiva la mayor parte del tiempo. Si previamente he podido descargar mi emoción con alguien que muestre empatía por lo que siento, me resultará algo más fácil abordar la situación con mi hijo. La tensión interna será menor por lo que habrá más probabilidades de estar disponible para el joven y tolerar su estado de ánimo. En definitiva, esto es tener mi propia base de seguridad.

Aunque hemos puesto el foco en la adolescencia, por las particularidades de esta etapa, estos cinco principios son válidos para establecer cualquier relación de cuidado tanto con menores como con adultos.