Hace varias navidades mi sobrino tuvo la genial idea de regalar a sus tres primos un dibujo personalizado.
Cada uno de ellos se había convertido en un superhéroe con sus cualidades como poderes: La calidez de mi hija mayor era el fuego, la viveza del pequeño era el rayo.
Cuando mi hijo, el mediano abrió su dibujo vimos una caricatura preciosa, dura, pero real como la vida misma.
Su primo vió en él la coraza con la que mi hijo vive su vida y la volvió bonita y espléndida, porque es suya. Y se lo agradezco de corazón.
El dibujo tenía un mensaje:
“Frío como el hielo, con su mirada congela al enemigo y gana todas sus batallas”.
Ahora, pasado el tiempo aún me parece más bonito, más real, más esperanzador. Entonces solo veíamos su traje de metal frío y su martillo aplastante.
Su primo le entendió antes que sus padres, pero todo llega, ahora le damos valor a esa armadura que le ha salvado la vida, para nosotros sigue siendo fría, pero valiosa. Y poco a poco, construimos en casa, a pesar de que él no quiera, un armario para guardarla.
A veces, ya se la quita, y la cuelga a ratos en el lugar que se merece.