No es raro que nuestras niñas y niños puedan comportarse de maneras más infantiles o que no correspondan con una situación sensata y ajustada a su edad. Por ejemplo, que tengan una rabieta, o que roben comida por la noche y la acumulen en su cuarto, o que jueguen con caca en el baño o la pongan por las paredes. Y a estos fenómenos los llamamos regresiones: Volver a un estado evolutivo anterior, debido a una situación que les ha resultado ansiosa y les ha llevado a ese comportamiento raro.

En el fondo entran en un lugar “conocido”, de su mente, vuelven a unos comportamientos que les dieron seguridad en el pasado. Es como buscar refugio en una habitación de su casa-mente, en la que tienen determinados recuerdos, determinadas sensaciones, seguridades, defensas, etc. Y para querer volver ahí solo es necesario algo que lo desencadene: igual es un olor, una situación, un conflicto, una actividad, una persona. Por ejemplo, es muy típico la situación de celos en que el hermano mayor, empieza a comportarse de manera más infantiles: habla como más pequeño, vuelve a hacerse pipí en la cama, tiene más rabietas y se enfada más.

Pero en nuestros niños, cuando han vivido experiencias de mucho peligro y miedo en su crianza, a veces encuentran en la regresión un refugio temporal, y otras veces es como que se caen en un agujero negro que los engulle. Por eso cuando les preguntamos por las razones que tienen para hacer lo que hacen, no saben explicarlo ni saben por qué lo han hecho. O incluso no son conscientes de haberlo hecho.

Entran en un lugar de su cerebro que no está bien conectado con el resto. Y hay mucho material que no está integrado, ni digerido, para poder formar parte del resto de la personalidad de manera adecuada. Por eso no tiene nada que ver que el niño viva en un entorno seguro y amoroso, para que pueda entrar en estos estados, que no corresponden con el presente ni con la situación actual. Pero el niño o la niña pueden sentirse y vivir la situación de manera extremadamente duras o malas, como ocurrió en la época de sus traumas y de la adversidad.

A veces hay lo que se llaman disparadores, que son elementos de la realidad que le llevan a pasar a ese estado: una cara de enfado, un grito, un cambio de tarea, el miedo a una situación nueva, una sorpresa, ciertas fechas o ciertos momentos del día…Estos le provocan miedo, o desamparo, o impotencia, o desbordamiento emocional y desregulación. Y se deslizan, sin pensamiento de por medio, al comportamiento regresivo. Pueden ponerse testarudos de manera absolutamente irracional (¡quiero esto ya!, ¡no me visto!) Gritar desaforadamente o golpear. Irse de casa. Robar.  Mearse en alguna parte de la casa inadecuada, llorar por todo, esconderse sin avisar.

En esos momentos el niño no tiene acceso a sus capacidades intelectuales y cognitivas correspondientes a su madurez.

Por eso no tiene sentido pretender corregir ese comportamiento riñendo, ni castigando, ni pretendiendo que piensen.

Más bien hay que tener mucha paciencia y trabajar aspectos relacionados con su seguridad, para que se sientan seguros y queridos, que se confía en ellos y que pueden confiar en nosotros (no mentir nunca).

También puede ser necesario que hagan terapia. Y darles un entorno de rutinas y seguridades que reduzcan los disparadores.

Y para nosotros, madres y padres, no deja de ser un sobre-esfuerzo y un agotamiento, el soportar en el día a día estos comportamientos. Lo que hace que tengamos que cuidarnos. Cada vez que nuestros hijos nos sacan de quicio, sufrimos una situación de ansiedad y de dolor psíquico que pasan factura. Hay padres realmente traumatizados con todo esto. Y por eso hay que conocerse, tomarse las cosas con mucha aceptación y tolerancia, no pretender hacer las cosas perfectas, y desculpabilizarse por lo que le pasa a nuestros niños y niñas. Cultivar la paciencia y una vida interior de calma. Y saber que nuestra hija o hijo, no nos lo hacen para fastidiar, sino porque es lo único que pueden hacer y hay que ayudarles a darse cuenta y encontrar lo que les dispara eso. Pero no reprocharles nunca lo que no eligen ni puede ser cambiado por ahora.

Cuidarnos pasa por descansar, tomarse respiros, tener experiencias placenteras, divertirse, jugar, cultivar la amistad, tener apoyos, etc.…y en algunos casos hacer terapia.

José Ignacio Díaz Carvajal

ignaciodiazcarvajal@gmail.com