¿Qué opinan los expertos?

Moisés Jiménez Álvarez

Psicólogo. Psicoterapeuta, Colegiado M-28664

Estar encerrado en contra de nuestra voluntad es algo que activa las defensas de cualquier persona, independientemente del estilo de apego de cada uno. Es cierto que dependiendo de nuestros rasgos personales cada cual va a buscar la mejor forma de adaptarse a la situación.

Son muchos los ejemplos a lo largo de la historia los que nos han enseñado que la capacidad adaptativa o de resiliencia  de cada persona va  a depender de sus experiencias previas y de la capacidad de contención o regulación de una figura de seguridad que genere sintonía. No es lo mismo tener que compartir el espacio con alguien que me genera calma, confianza y armonía, que pasar tiempo con alguien poco responsivo, pesimista, sin esperanzas y que me genera miedo.

Relacionado con esto y salvando mucho las distancias me viene a la memoria la película “La Vida es Bella” (Roberto Begnini), donde un papá con el uso de la magia y la fantasía trata de hacer la vida de su hijo lo más agradable posible viviendo confinados en un campo de concentración.

En esta situación se ponen en juego dos variable importantes, por un lado va depender de nuestro estado interno de seguridad, de la capacidad de poder confiar en el otro, esto se relaciona con las experiencias previas de cada uno y el modo de relacionarnos y por otro lado también va influir el estilo de la persona que está a nuestro lado.

Ya con estas dos combinaciones los resultados pueden ser diversos y si a esto le añadimos  el momento evolutivo de cada uno, las combinaciones se multiplican, ya que las necesidades son diferentes en cada etapa y la manera de calmar y conectar también.

No es lo mismo un niño de tres años para quien la necesidad de movimiento y explorar es diferente a las de un bebé de 4 meses. Las necesidades del pequeño de tres años son distintas; aceptar  dejar de ir al parque será difícil para él y  ambos niños van a depender de la capacidad de traducción que su cuidador principal haga de la situación, además de los recursos que ponga en marcha para regularlo y calmarlo.

En este sentido, tampoco será lo mismo para el adolescente quien por su etapa evolutiva tiende a cuestionar la norma. Esto forma parte de los desafíos del desarrollo de su personalidad, además de que sus necesidades también son distintas a otras etapas. Pretender que un adolescente se adapte al ritmo de un adulto en las rutinas de casa puede llegar a ser un reto.  Se convierte en una exigencia más y podría activar en él la necesidad de controlar o en su defecto la de someterse para seguir perteneciendo al grupo. Esto va a depender mucho de su estilo vincular y la capacidad de sintonizar con sus necesidades del cuidador.

La norma externa de “¡quédate en casa!”, puede ser difícil de tolerar, pues viene dada por alguien que no está vinculado a él. Esta petición de empatía social, puede conectar con la sensación interna de desprotección y de no haberse tenido en cuenta sus  necesidades en otras situaciones previas, donde no ha experimentado la mirada empática de otro.

Pero esta situación no solo afecta a los menores, a los adultos también nos condiciona, por lo que la persona que nos acompaña durante este momento también es un referente tanto si es una figura de apego como si no. Si además añadimos, que la relación de pareja puede tener tensión, estar encerrado podría llegar a intensificar más aún el  estado interno de amenaza o alerta, lo que hará que se desplieguen los recursos que hemos aprendido a lo largo de nuestra vida para hacer frente a la situación y que en cada persona pueden ser diferentes. Estos recursos pueden pasar por estrategias como la huida, el ataque o la sumisión.

Hasta ahora vemos las consecuencias solo del encierro, pero, ¿qué ocurre cuando la enfermedad es la que está en casa? La sensación de amenaza también se puede despertar en nosotros cuando nuestra figura de cuidado u otro familiar cae enfermo, o bien creemos en la posibilidad de que esto pueda suceder. Está situación puede hacernos conectar con una experiencia previa de pérdida o de abandono e inseguridad. Tendrá como consecuencia la activación de recursos para evitar el malestar y en cada persona se activarán estrategias diferentes; algunos intensificarán su necesidad de apegarse (literalmente pegados, o mandando mensajes de te quiero mucho, te necesito, etc.) y en otros la necesidad de separarse y evitar el dolor ante la amenaza o la posible pérdida, por lo que se mostrarán más desconectados, en apariencia pueden parecer  que nada les afecta o que la situación no vaya con ellos, alejándose de la relación y la emoción.

En definitiva todas y cada una de las estrategias que desarrollamos son un intento de adaptación al medio, aunque algunas sean más funcionales que otras.