Mi hijo vino con siete años de Rusia. Los cumplió un mes antes de que pudiera traérmelo a España. Ocho meses antes  viajé para verle por primera vez. ¡¡Era tan guapo…!! Tenía la sonrisa más bonita del mundo, el pelo rapado a lo marine, unas enorme pestañas y los  ojos  más grandes que había visto nunca. Esa mirada gris se fijó en mí y durante un rato estuvimos mirándonos el uno al otro hasta que le cogí las manos y noté que las tenía heladas. Le pregunté por qué las tenía tan frías y contestó que había estado jugando en la nieve. Me sentí la mujer más afortunada del mundo.

Mi hijo estuvo en la  casa-cuna hasta los cuatro años y luego le llevaron a un orfanato, pero  éste sufrió un incendio y distribuyeron los niños de ese orfanato por otros. Recuerdo que a  mi hijo le alteraba mucho oír sirenas cuando llegó a mi ciudad. Ahora le sigue llamando la atención, pero no tanto.  Recuerdos implícitos…

En el juicio salió un informe psicológico de mi hijo que hizo una psicóloga del orfanato que era realmente devastador. Decía que pegaba a los niños, que  a veces se reía  y no paraba, que no distinguía las estaciones del año, que era descuidado con la ropa. Cuando se me leyó este informe, la jueza me preguntó si yo lo había leído anteriormente y dije que no. Este informe lo hicieron en junio. Yo  había visto a mi hijo en la asignación en febrero, y el juicio se estaba desarrollando en septiembre. La psicóloga que dictó ese informe ya no trabajaba en el orfanato y no se la podía localizar. La directora que estuvo en la asignación había dimitido y tampoco estaba. La jueza decidió posponer el juicio al día siguiente y que se presentaran las personas y trabajadoras del orfanato con las que mi hijo había tenido trato continuo.

El segundo día la asistente social del distrito también estaba allí y me dijo que tenía la posibilidad de buscar un médico privado para que viera a mi hijo o que llamara a un médico español. No lo hice. Todo me parecía rarísimo pero la decisión estaba tomada: no iba a dejar a mi hijo en ese orfanato y me lo llevaba con la esperanza de que en un ambiente bueno todo pasaría. Que  lo que necesitaba mi hijo era coger su último tren, que era yo.

Durante los encuentros en el orfanato le veía alterado, pero pensé que era normal porque estaba viviendo una situación muy especial: venía su futura mamá a verle. Pero cuando ya desde el minuto cero me lo dejaron a mí sola, todo fue un caos. Recuerdo que la primera noche se la pasó entera encendiendo y apagando los ocho interruptores que había en la habitación, escondiéndose detrás de las cortinas o metiéndose en la bañera chapoteando e inundando el baño. Tuve la suerte de que tenía una amiga ucraniana que vivía en ese momento en Moscú y me invitó a estar en su casa. Era una zona residencial y había muchos parques. Yo bajaba con mi hijo muerta de miedo porque no paraba de perseguir a todos los perros que veía y, cuando digo a todos, es a TODOS. Tenía que ir corriendo detrás de él y terminaba la tarde como si hubiera hecho un maratón. Una vez estando en el parque vio a una niña que se quitó los patines para subirse a un tobogán altísimo. Él corrió para coger esos patines y yo no pude alcanzarle. Con los patines puestos, sin saber patinar, se subió a un tobogán inmenso y cuando estuvo en lo más alto hizo ademán de hacer una voltereta donde se apoyan las manos para sentarse. Una señora rusa y yo empezamos a gritar “Niet, niet”. Al final no lo hizo, pero mi corazón no paraba de sufrir hasta que llegábamos a casa, si es que conseguía pillarle y arrastrándole le metía en el portal. Mientras le cogía como podía él gritaba algo en ruso y notaba como la gente me miraba como si le estuviera matando.

En los aviones no se quería poner el cinturón y en uno de ellos estuvimos parados más de media hora porque el comandante no despegaba si no se ponía el cinturón. Se revolvía en el asiento y no había forma de ponérselo.

Unos amigos me regalaron un dvd portátil para ponerle películas y que estuviera entretenido, pero lo único que hacía con él era abrirlo y darle vueltas con el dedo durante un buen rato.

Tengo la gran suerte de que cuando me subí al coche, abandonando aquel orfanato, surgió de la nada  la secretaria de la anterior directora y me dio un álbum de fotos de mi hijo desde los siete meses a los siete años que se fue.

Recuerdo que cuando llegué a casa estuve quince días con treinta y nueve de fiebre: no tenía gripe, ni nada, creo que solo estaba somatizando el miedo que me producía la situación.

Desde el comienzo era muy desobediente y retante. Podía quedarse en el parque  subido a lo más alto de una atracción mirándome cómo le llamaba para irnos a casa y no bajaba hasta que a él le daba la gana. Se metía en tiendas y tardaba horas en salir a pesar de llamarle varias veces. Se escondía o empezaba a correr.

Estuve los tres meses de baja maternal con él las veinticuatro horas. En un principio, y orientada por amigos, nos quedabamos en casa, pero mi hijo no jugaba a nada a pesar de haberle comprado juegos de su edad. Entrabamos en una juguetería y no los hacía caso, solo corría por los pasillos de la tienda. No quería pintar tampoco, no quería nada, solo tocaba las cosas de la casa una y otra vez o abría un paraguas y se metía debajo de él.

Empezó el colegio en uno cerca del barrio y viendo las dificultades que tenía mi hijo les propuse que fuera al principio unas horas y paulatinamente aumentando para ir haciendo una adaptación segura. No fue así y lo único que hicieron fue reunirse el  equipo psicopedagógico de la zona y empezar a chascarle los dedos cerca de los oídos para ver si era sordo. Yo no podía creer lo que estaba viendo y la cara de alucinado que tenía mi hijo al ver que cuatro personas estaban mirándole como si fuera un mono de feria haciéndole chasquidos en las orejas. Le hicieron las típicas pruebas psicopedagógicas y salió que tenía una inteligencia un poco por debajo de la norma.

Cuando le dejaba en el cole sus berridos eran tremendos, gritando todo el tiempo: ¡mam!,¡¡mam!!. A mí se me rompía el corazón y la profesora me pedía encarecidamente que no me diera la vuelta, que era peor para él. Evidentemente no tenían ni idea (tampoco tenían por qué saberlo) que un niño adoptado necesita crear vínculos con los padres adoptivos. Con esas medidas no estaban creando el medio adecuado para generar un vínculo con él. Imagino, que mi hijo pensaría que yo tampoco era de fiar si cuando él me llamaba yo no me daba ni la vuelta. Cuando le iba a recoger me lo daban como si me dieran una bolsa de basura, le cogían del brazo y me lo tiraban diciéndome que ese día se había escapado de la clase, que se había meado en el pasillo. Mi hijo apenas hablaba español y no me enteraba bien de lo que en realidad ocurría, pero un día me encontré a un niño mayor del mismo colegio y me empezó a contar que algunos niños le llamaban “cerdo ruso”, que le llevaban el desayuno al water para que comiera allí. Eso no me lo contaban a mí los cuidadores, ni profesores. Éste niño llegó a decirme que si él fuera yo  hubiera denunciado  al colegio.

Cuando escribo y pongo en orden mis ideas y mis recuerdos pienso en esos momentos en que le sacaba de la bañera y le arruñaba para secarle con inmenso cariño por mi parte. Él ponía su mandíbula en mi mejilla y la apretaba con tanta fuerza que me hacía daño. Yo le miraba y le preguntaba por qué lo hacía y se sonreía con cara de ángel como diciéndome: ahora te toca a tí sufrir. No entendía por qué lo hacía y en esos momentos, que no sabía tanto de apegos, vínculos y trastorno, pensaba que era porque simplemente era malo. Pero él, a su manera, me estaba diciendo que no le gustaba cómo le estaba tratando, lo que estaba viviendo. Incluso, la psicóloga de ese momento me aconsejó que no le dejara dormir conmigo porque no era sano para él. Siguiendo sus consejos todavía lo fastidié más, y todas las noches venía a mi habitación y le tenía que llevar a la suya tropecientas veces porque su testarudez no tenía límites. Como yo creía que tenía que seguir las pautas de la psicóloga al pie de la letra incluso llegué a cerrar mi habitación para que no entrara y recuerdo cómo se quedaba en el suelo llorando, rascando la puerta como un gatito, y gritándome mamá. Sólo recordarlo se me parte el alma y me sale el llanto. ¡¡Cuanta desinformación!! ¡¡¡Qué mal lo hice!!! No me extraña que mi hijo me lo pusiera tan difícil,  yo tampoco se lo estaba poniendo fácil.

Han pasado casi seis años y mi hijo todavía necesita estar acompañado en la cama antes de dormirse y desde entonces hablamos de su futuro, le cuento cuentos con moraleja de las cosas que le han pasado en el día, contamos chistes, en definitiva, estamos juntos realmente. Él siente que estoy presente y sigue tirando de mí y mientras los demás lo ven como un acto tiránico yo lo veo como una necesidad imperiosa que él tiene de autoconfirmarse que yo estoy ahí, que no le voy a abandonar.

Decidí, entonces, cambiarle de centro a mitad de curso y le llevé a un colegio donde trabaja mi hermana como profesora de la ESO. Allí, mi hijo empezaba a hablar un poco más de español y, en un principio, iba algo mejor, pero le tenían en la clase apartado con unas fichas que no entendía para nada y el niño empezó a aburrirse y se salía de clase, se metía en otras, se salía al patio, se subía a los armarios. Yo intentaba explicar a los profesores la problemática de mi hijo y lo que significaba el trastorno de apego y que la solución no era castigarle, sino calmarle y buscar tareas que realmente él pudiera hacer sin que llegara a la frustración. Su profesor  llegó a decirme que él no tenía porqué leerse lo que yo le daba sobre el trastorno de apego, que no era su trabajo. Un día me llamaron al trabajo diciéndome que fuera al colegio. Cuando llegué, mi hijo se había meado en un papelera y había mordido al profesor que le perseguía por el recinto.

Mi hijo empezaba a contar cosas que le habían pasado en Rusia, entre ellas que los niños del orfanato le habían puesto pegamento en el pelo, otro día le habían apretado las manos contra el radiador hasta quemarle, que le habían dicho que iban a jugar con él y luego le cogían por las manos y las piernas y le tiraron por las escaleras. Lo más impactante y tremendamente doloroso fue cuando me contó que un día le mearon en la boca. Con toda esa información que me estaba dando mi hijo empecé a darme cuenta que cuando le perseguían los profesores, porque se escapaba de clase, él conectaba con el pasado y con sus experiencias en el orfanato y entraba en un estado de pánico que le hacía tener esos comportamientos . Entonces pensé que si el profesorado no estaba dispuesto a escucharme a mí porque pensaban que la opinión de una madre no era para tener en cuenta, le pedí a la psicóloga de mi hijo que tuviera una cita con ellos. Así fue, pero no sé qué hablarían ( porque no me dejaron estar en esa reunión), que cuando me hicieron entrar me plantearon la posibilidad de que le desescolarizara y me pagase un profesor particular en casa. Esto, con el beneplácito de la psicóloga de mi hijo  que se suponía tenía que explicarles desde un aspecto profesional  la problemática y cómo abordarlo. Nunca olvidaré ese día: cinco personas frente a mí y ninguna solución razonable. Después de ese día decidí cambiar de psicóloga, a la que pagué 140€ por tomar la decisión conjunta de desescolarizarle. Dije que no me podía permitir pagar un profesor particular en casa. Pocos días después me volvieron a llamar del colegio y cuando fui me dijeron que me lo llevara a casa porque estaba muy desaforado. Él estaba en la sala de profesores jugando con el ordenador y le dije que nos íbamos mientras le apartaba el ratón de las manos. En ese momento me mordió la mano durante varios segundos mientras me miraba a la cara. Yo no dije, ni grité nada. Solo aguanté mi dolor. Terminó de morderme y salimos del colegio. Yo no podía ni hablar, ni llorar, ni nada. Sólo miraba para adelante. Entonces mi hijo me preguntó si sabía por qué me había mordido. Le dije que no, que no lo sabía y él respondió que era para saber si yo le iba a pegar por ello. Me estaba poniendo a prueba. Eso ya lo sabía yo, pero no me esperaba que me lo verbalizara de esa manera.

El día que mi hijo me contó que le habían meado en la boca yo me debí quedar ojiplática, y él se debió de dar cuenta en ese momento de que lo que me estaba contando era más fuerte de cómo él lo había vivido, y dos días después estando en el coche y sin venir a cuento me dijo que lo que me había contado era mentira y que no volvería a contarme nunca nada más. Y así ha sido. Todo lo que sé es lo que me contó antes de ese día, como que las monitoras le pegaban con ortigas, que había estado muy, muy solo muchas veces, que con otro niño a veces comían papel…

En definitiva, la adaptación fue horrible y muy larga. No tenía interés en aprender español y estuve mucho tiempo hablándole en ruso. Por supuesto, yo en aquél momento pensaba que era porque no le daba la gana aprender pero con el tiempo me he dado cuenta de la bajísima autoestima que tiene y que piensa que él nunca podrá conseguir grandes cosas y ni siquiera lo quiere intentar por miedo al fracaso. Su CI no es muy alto y además hay muchos más parámetros a tener en cuenta que necesitan desarrollarse: la memoria de trabajo, la percepción visual, conceptual, etc.  Con todo lo que estamos trabajando se empieza a ver algunos avances en esos terrenos. Sé perfectamente que esto es una carrera de saltos  y de fondo a la vez, es decir, algo bastante difícil.

Después de empeñarme en que terminara el curso en ese colegio porque no podía pagar un profesor particular, la orientadora de la zona( imagino que presionada por el cole para quitarse a mi hijo de encima) me propuso buscar un cole de educación especial donde estuviera más tranquilo, no hubiera tantos estímulos y aprendiera lo básico. Yo estuve de acuerdo porque ya me dí cuenta, y mis fuerzas psicológicas empezaban a flaquear, que podría ser una solución. Así fue y mi hijo estuvo dos años con niños con lesiones cerebrales, autistas, Asperger,  sindrome de Down, enfermedades raras. Es cierto que el primer año  le tocó una profesora estupenda, muy joven e implicada y al final de su curso me manifestó lo gratificante que había sido trabajar con mi hijo y que ella preveía buenos avances. Al curso siguiente la profesora no era la misma y todo cambió. Ésta se metía con la caligrafía del niño y eso le sacaba de quicio a él. Empecé a hacer seguimiento de esta profesora  con otros padres que la habían tenido en cursos anteriores y todos me decian que no era un persona para trabajar con estos niños . Todos habían tenido problemas con ella. Quiero decir con esto que el sistema educativo cojea por muchos lados, y aunque  hagas todos los esfuerzos del mundo parece que no existe eso que yo llamo colegio “limbo” para niños  como los nuestros, que ni son de educación especial, ni estan preparados para la relación con otros niños educación ordinaria.

Sin embargo, en algunas situaciones responde muy bien. Recuerdo que me he quedado un par de veces sin gasolina, una de ellas por la noche, y en vez de quejarse o llorar, él me iba dando ideas de cómo solucionarlo y no se quejaba para nada, todo lo contrario, me tranquilizaba a mí. Pero por contra, es muy inocente y se cree todas las cosas inverosímiles que le cuentan los niños del cole para reírse de él.

Por si todo esto no fuera suficiente queda el problema familiar Mi hermana, aún siendo profesora y experta en niños, supuestamente, es un frente abierto porque ella piensa que no estoy poniendo los remedios tradicionales con los que ella comulga y aunque le cuente (le mande información profesional), piensa que lo estoy haciendo fatal. Mi hijo, desde que llegó, ha ido a terapia de movimientos primitivos, psicóloga gestáltica, terapia auditiva Tomatís, Johansen y últimamente estamos llendo al Centro de Atención a la Diversidad (CADE) donde trabajamos sus problemas cognitivos. Una vez a la  vamos a la psicóloga conductual, terapia de grupo en un centro de atención  al déficit de atención e hiperactividad pionero en Madrid. Además realiza varios deportes con el objetivo de liberar adrenalina. Yo por muchas vueltas que le doy y cuestionándome al límite, nunca pensando que tengo la verdad absoluta, creo sinceramente que estoy haciendo lo mejor para mi hijo; que le pongo los límites necesarios; que no tiene todo lo que le gustaría para evitar ser un caprichoso, pero aún así tengo a mi madre y hermana en frente día a día cuestionándome mi forma de enfocar el problema.  Mis sobrinos le ignoran e incluso se averguenzan de él. Mi madre no tiene la paciencia necesaria para decirle las cosas con cariño y empieza ya las conversaciones con él con gritos y él se encara a ella y eso se vuelve un bucle desesperante.

En definitva, mi hijo es mi alegría pero también mi tortura. Él no tiene la culpa de nada. Se nota que es un niño bueno, pero esta en estado de alerta continuamente. Si le diriges con la mano hacia el baño o cualquier parte porque va lento, se da la vuelta con cara de gruñón diciendo que no le empujes. Una sola mirada dura ya lo interpreta como una bronca impresionante. Conecta con su pasado continuamente y la  terapia sé que será larga pero necesitamos más ayudas. Todas las terapias son carísimas además de hacer un periplo de lugares a lo largo de la semana que me dejan extenuada. 

Sé que hay motivos para tener esperanza pero esto es tan largo que a veces pienso que no voy a llegar. Sé que hay muchas adopciones frustradas. No salen a luz pública porque para los padres es un dolor enorme exponerlo pero esa es la realidad cuando no se acierta con el diagnóstico.  Por supuesto que tengo esperanzas, pero me rompe el alma pensar que mi hijo, que vino tan mayor y con muchas expectativas de una vida mejor, se ha quedado a medio camino cuando ve que solo yo y pocas personas mas entendemos su problema sin echarle la culpa  de ser y sentir como es él. Yo creo que ahora tenemos el verdadero diagnóstico y lo que hay que conseguir es encontrar una solución para ellos.